el Carmelo

Crónica: El Carmelo, un paraíso oculto entre fronteras

Créditos: Camila Rosero

Ya sea “El Pun” de años atrás o “El Carmelo” de la actualidad, aún es un sendero para viajar al pasado y descubir lugares llenos de magia y serenidad.

«Un paraíso oculto entre fronteras«

La niebla de la madrugada empezaba a caer mientras la temperatura bajaba con el paso de las horas. Tulcán recibe a sus habitantes y turistas con una lluvia lenta y un cielo gris.

Eran aproximadamente las 7:40 de la mañana del sábado y ya estaba todo preparado para emprender el viaje. Para llegar a nuestro destino no se atraviesa una gran Odisea, sin embargo, la paciencia y predisposición son clave.

Redescubrir lugares que jamás pensamos visitar conlleva a un sentimiento de alegría y fascinación. Aquello sucedió en El Carmelo, un lugar lleno de historia, mitos, leyendas, con cálidos habitantes y un paisaje único. Un espacio tan propio de los ecuatorianos y a la vez tan lejano.

El primer paso fue tomar un bus al sur de la cuidad. Al ser una compañía particular, no se encuentra en el Terminal Terrestre de Tulcán y a diferencia de este lugar, simplemente subes al bus que está estacionado y esperas hasta que se llene de pasajeros. Si esto no sucede no hay problema alguno, el bus saldrá aún sin estar completo (irónicamente esperé más de 20 minutos).

Créditos: Camila Rosero

A lo largo del camino, el conductor realiza varias paradas y recoge a gente local con canastas y costales llenos de fruta, alimentos y flores.

A las 8:30 de la mañana me encontraba en Julio Andrade, otra parroquia con su propia cultura y costumbres. En este lugar se debe esperar a las camionetas que conducen hacia El Carmelo. Por fortuna, el conductor estaba en busca de un pasajero más para llenar el vehículo y ponerse en marcha.

el carmelo parque
Foto: Parque Central El Carmelo – Crédito: Camila Rosero

En el camino ya se podía apreciar los rayos de sol que empezaban a salir un poco tarde, y ya se sentía el aire un tanto caluroso. Mirar a través de la ventana los verdes paisajes, con animales y sentir el aire fresco de la naturaleza fue la mejor parte del viaje, pero a la vez fue interesante escuchar las conversaciones de quienes estaban conmigo. Al ser personas que se dedican a la agricultura y ganadería, sus preocupaciones se centraban en costo alto o bajo de las papas y demás cultivos, las escasas lluvias y las enfermedades de su ganado.

Saben sus nombres, conviven entre vecinos, están al tanto de sus lugares de trabajo y se conocen como comunidad.

Al llegar a nuestro destino, se observa un cielo azul con algunas nubes grises que ocultan el sol, pero de todas maneras se logra ver con claridad el parque central con la estatua del sargento Luis Hernández, habitante de El Carmelo que luchó en la guerra del Cenepa y ofrendó su vida por la patria.

Foto: Estatua e Iglesia con la Virgen del Carmen – Créditos: Camila Rosero

Las calles están casi vacías, solo se observa a seis personas de tez oscura, por las quemaduras del sol, transitando por el lugar y se presencia un silencio que transmite serenidad. Detrás de este pequeño monumento, se encuentra la emblemática Iglesia El Carmelo con la imagen de la Virgen del Carmen, la patrona del lugar. Cuenta la historia que, en tiempos anteriores a la colonia, este bello paisaje se llamaba Punichuquin que significa “Puerta de entrada al oriente” pero que fue apodado El Pun. Tiempo después con la llegada de las Monjas Carmelitas este nombre fue cambiado a El Carmelo.  

Sin embargo, no solo es la puerta de entrada al oriente, sino también la frontera con Colombia, esto fue evidente. Algunos de los autos y motocicletas de aspecto antiguo contenían placas colombianas y varias personas tenían el dialecto al hablar, esto se explica porque tan solo con mirar al otro lado del río se observa otro panorama, con capillas y casas pertenecientes a ese país. 

Foto: Vivero y casas en El Carmelo – Créditos: Camila Rosero

Este lugar, a pesar de ser pequeño, guarda un sentimiento de antigüedad. La arquitectura de las casas, calles e instituciones públicas contienen un aire rústico que hace posible viajar al pasado. De la misma manera las artesanías en hoja de duende, figuras elaboradas con ramas de árboles y esculturas en piedra hacen evidente el amor que su gente le tiene al arte, simplemente dejan volar su imaginación.

Una comunidad con pasión por cuidar y coleccionar plantas de todo tipo y conformar el jardín más diverso que se pueda observar.

Y finalmente, a medio día visité la atracción más interesante, El Quitasol. Para quien sea amante del senderismo, es un lugar fantástico. Mientras se recorre un sendero cuesta arriba cubierto de árboles, vegetación y tierra fértil, se observa el tallado en piedra de figuras icónicas de la provincia como el oso de anteojos, el duende, ollas de barro, ranas y orquídeas. El camino es largo y empinado hasta llegar al final del sendero, pero vale la pena si queremos respirar aire puro, hacer ejercicio físico, pero sobre todo escuchar los sonidos de la naturaleza y conectar con nosotros mismos. Sin embargo, era hora de regresar.

Foto: El Quitasol – Créditos: Camila Rosero

Muchas veces alejarse de nuestras rutinas y viajar nos brinda la oportunidad de encontrar lugares escondidos, con atracciones que nunca imaginamos encontrar.
Al final de cualquier viaje, regresamos a nuestros hogares y vidas cotidianas, pero llevamos con nosotros la experiencia de haber experimentado algo distinto, haber encontrado un lugar único entre tantos y con el orgullo de saber que es nuestro, es ecuatoriano.


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